domingo, 4 de diciembre de 2016

Las achuras, “comida de esclavo” y el aporte Afro a la gastronomía argentina

Las achuras, que representan quizás aquello más característico del asado argentino, son una herencia de la esclavitud. En diálogo con el antropólogo Pablo Cirio, buscamos en la historia los aportes afroargentinos a la comida nacional.

Achuras

Contaba Jorge Luis Borges que allá por la década del ’20, cuando comenzó a frecuentar a los compadritos de Buenos Aires, que un día al regresar a su casa luego de haber comido con ellos, su madre lo increpó: “¿No habrás comido esas porquerías que comen los esclavos?” Se refería a los chinchulines, mollejas y otras partes de la vaca que la sociedad “bien” no consumía y que, a pesar de que la esclavitud quedó abolida definitivamente con la constitución de 1853 (y que Buenos Aires debió aceptar en 1860), seguía estando en aquellos comienzos del siglo XX asociada a los negros argentinos.



En Buenos Aires el primer ingreso de esclavos fue en 1585, aunque el comercio de seres humanos traídos de África en el actual territorio nacional es anterior. Si tomamos 1860 como fecha final, estamos hablando de al menos 275 años de esclavitud en las provincias del Virreinato del Río de la Plata, sin contar que, como los indemnizados fueron los amos esclavistas pero no así los negros que habían sido víctimas, muchos debieron seguir trabajando en una condición de servidumbre que no difirió mucho de la dominación anterior. Esa servidumbre – antes y después de la abolición – tuvo mucho que ver con la cocina. A partir de la década de 1880 empieza la “moda” de las sirvientas francesas, o al menos europeas, pero antes de eso, era muy común que preparar la comida fuera providencia de los negros.

“Los negros acá tuvieron que hacer todas las comidas para el amo, además de cocerle la ropa, plancharle, todo… hasta trabajo sexual, obviamente no consentido, del que viene mucho del mestizaje actual, muy poco reconocido”, explica Pablo Cirio, antropólogo y Director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afrolatinoamericanos de la Universidad de La Plata. Cirio cuenta que, al tener que hacer tantas tareas al mismo tiempo, se popularizó una cocina de en base a guisos y cocciones lentas, ya que esto permitía a los esclavos desarrollar varias actividades al mismo tiempo. En tantos siglos de cocinar guisos y pucheros, puede suponerse que haya habido aportes a las cocciones y condimentaciones hechas por los negros en nuestro territorio, aunque claro, al ser un tema poco estudiado, no existan grandes evidencias de ello. Sí la hay, sin embargo, de que los eran muy hábiles con los dulces, y ya en la época de Rosas había libertos (o sea, hijos de esclavos que debían pagarle una renta a sus amos) que vendían mazamorra y pastelitos para generar ese ingreso.

Volviendo al asado, en épocas en que no había métodos de conservación de las carnes y con abundancia de vacas para comer, los blancos consumían la carne asada, pero no así las achuras, que se tiraban a la basura. “La tripa gorda, los chinchulines, las mollejas…  todo eso es un aporte de la cultura del desperdicio, de los negros que consumían lo que sus amos desperdiciaban, a la culinaria argentina, y que hoy es como el ABC de la argentinidad”, sostiene Cirio.

Esta puede relacionarse también al caso de Antonio Gonzaga.  Autor de “El Cocinero Práctico Argentino” en 1931, Gonzaga fue un negro correntino que se destacó en alta cocina y que trabajó para el Congreso Nacional y diversos hoteles de lujo.  En sus recetarios hay descriptas muchas técnicas para la preparación del asado, y se lo considera responsable por haber difundido en la alta sociedad porteña el consumo de las achuras, el chorizo o las criadillas, por las que fue célebre. También fue famoso su puchero, otra comida relacionada a las cocinas de esclavos durante la época colonial. E incluso Cirio imagina que quizás las salsas que Gonzaga creaba y bautizaba con nombres de fantasía bien podrían ser antiguas salsas africanas, nombradas al gusto de los blancos.

“Hubo una clase alta negra, de gente muy preparada intelectualmente, como Gonzaga, que todavía existe, y que generalmente ascendió socialmente ya en la época de Rosas a costa de desentenderse de su africanía, abrazando los valores eurocentrados, entre ellos la comida, obviamente.  Eso lo obligaba a vestirse de determinada manera, a no ir a los candombes, a no reproducir nada que no sea de desagrado del blanco, como las lenguas africanas o la religión… muchos empezaron a estudiar abogacía, medicina, y artes plásticas europeas, viajar a Europa para perfeccionarse… y en este caso, bueno, las cocinas”, asevera Cirio. De hecho Gonzaga se describía en los libros como “criollo”, que quiere decir “hijo del país”, pero no como negro.

Sin embargo, y más allá de estos aportes, no puede hablarse propiamente de una cocina afroargentina (ya que, entre esclavitud y pobreza, su cocina se basó más en rescatar desperdicios y comer lo que se pudiera), y ni siquiera ser muy específicos sobre el aporte de esa comunidad a la gastronomía nacional. Junto con la invisibilización de la comunidad afrodescendiente de la argentina (a partir de 1887 se dejó de contar a la población negra en los censos, y se empezó a utilizar el término ambiguo “trigueño”) vino también una falta de estudio sobre sus aportes, en general reducidos a estereotipos coloniales, sin considerar su presencia continua y actual, muchas veces identificada con la pobreza, a la que quedaron relegados quienes mantuvieron su identidad afro, en general puertas adentro, para evitar la discriminación.

Incluso en muchos casos el “blanqueamiento” cultural ha llevado a que muchos afrodescendientes no se perciban como tales. Eso complica, según Cirio, saber cuál es la cantidad actual descendientes de negros que hay en el país. Algunas estimaciones han dicho que son unas 2 millones de personas, o el 4% de la población. Según el censo de 2010 habría 149.493 afrodescendientes en el país, el 0,37% de la población, pero de acuerdo a Cirio, está mal medido: “Porque en primer lugar depende de quién se auto percibe como afrodescendiente, lo que requiere un trabajo de autopercepción previo. Son culturas lastimadas históricamente, como en una época podía ser reconocerse gay”.

Esteban Lleonart
http://comunicacionpopular.com.ar/las-achuras-comida-de-esclavo-y-el-aporte-afro-a-la-gastronomia-argentina/

jueves, 6 de octubre de 2016

DÍA DEL CIRCO

Por Carlos Szwarcer

En la Argentina, el 6 de octubre se celebra el Día del Circo en homenaje a Pepe Podestá, que nació ese día de 1858 en Montevideo y que desarrolló aquí una labor pionera, generó las bases del circo criollo e inventó al genial personaje “Pepino el 88″, un payaso que fue modelo del cómico rioplatense. Falleció el 5 de marzo de 1937 en La Plata(Pcia de Buenos Aires)

Pepe Podestá
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Un recuerdo para otros grandes del género, como Pepe Biondi, José "Pepitito" Marrone, Carlitos Balá, Carlitos Scazziota, Firulete (Gerarado Samaniego), acompañado por Santiaguito, y tantos otros...


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Algo de historia: "En Buenos Aires el primer teatro estable fue el de La Ranchería, que funcionó en la actual calle Perú entre Moreno y Alsina, desde 1783 hasta su incendio en 1792. Pasaría todavía un largo siglo para que apareciera el teatro gauchesco, con la obra Juan Moreira, sobre textos de Eduardo Gutiérrez, interpretada, como pantomima, por la Cía. Podestá en 1884, en el picadero circense de los hermanos Carlo y el 10 de abril de 1886, en su versión hablada, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. El teatro nacional daba sus primeros pasos en el Circo Criollo
En tanto el circo, presente desde antaño en el Río de la Plata, había comenzado una lenta renovación hacia mediados del siglo XIX, experimentaría cambios significativos y acordes con los tiempos sociales y culturales que se vivirían. Sus símbolos, en el último cuarto del siglo, fueron tres extraordinarios payasos: el genovés Pablo Raffetto, experto en lucha grecorromana; el inglés Frank Brown, Rey de los Clowns; y José Pepe Podestá, creador del famoso payaso Pepino el 88, el más prestigioso de un clan familiar. 
Los empresarios circenses como Raffetto, los Podestá o los hermanos Carlo, alrededor de los años 90, comenzaron a incorporar payadores y obras dramáticas, ofreciendo un espectáculo amplio y variado que iba de la risa al llanto, de la música a la crítica social. Fueron estas notas distintivas las que le dieron al circo, no sólo una misión de diversión o pasatiempo, sino de trascendencia en la formación del acervo nacional, reconociéndosele características de “mediador” entre los diferentes espacios culturales e “integrador social”. 


(Fragmento de "Prehistoria del Teatro Maipo", Carlos Szwarcer  en "Todo es Historia" Nº 436. Noviembre de 2003, Buenos Aires. Argentina).

sábado, 1 de octubre de 2016

Teatro Esmeralda. Inaugurado 1 de octubre de 1915.

Por Carlos Szwarcer

Los distintos nombres de Teatro Maipo...

Un 1 de octubre de 1915 se inauguró el Teatro Esmeralda. Su nuevo empresario era José Costa.

El perodismo lo anunciaba con entusisamo,  ya que la sala inaugurada el 7 de mayo de 1908 con el nombre  "SCALA" hacía 3 años que se encontraba sin actividades.



"Los diarios del 1º de octubre de 1915 informaban: Se INAUGURA esta noche el Teatro Esmeralda que ocupa locales del antiguo Scala, muy reformado. La nueva sala es agradable, moderna y elegante; por el tono claro de su decorado y sencillez en la ornamentación; 300 plateas, bastantes palcos, carece de paraíso y tertulia".



Fachada del teatro circa de 1910

La sala inaugurada el 7 de mayo de 1908 con el nombre "Scala", el 1 de octubre de 1915, además de presentar modificaciones en el interior del recinto se le cambió el nombre a "Esmeralda". A partir del 14 de agosto de 1922 de lo denominó "Teatro Maipo".

Fuente:
Textos e imágenes del libro "Teatro Maipo. 100 años de historia entre bambalinas". Carlos Szwarcer (Ed. Corregidor. 2010)

domingo, 7 de agosto de 2016

Gato. La Boca. 1958 (Aldo Sessa)

Por Carlos Szwarcer

El extraordinario fotógrafo argentino Aldo Sessa lleva medio siglo detrás de su cámara registrando la historia, el país y su gente.

Después de haber pasado tanto tiempo observando la ciudad de Buenos Aires, el fotografo afirma: 

"En primer lugar la luz sureña, menos cenital, baja especialmente durante el invierno que se vuelve rasante, una luz que se desplaza del Este al Oeste en un arco amplio que produce sombras contrastadas”. 

Este detalle se observa perfectamente, por ejemplo, en la fotografía que exhibimos, reflejando una instantánea  del barrio de la Boca de los años cincuenta.




                                          Gato. La Boca. 1958 (Aldo Sessa)

miércoles, 27 de julio de 2016

La mutilación de la letra ‘s’ en el Caribe hispanohablante

Por Pedro Samuel Rodríguez 




 

“Hoy, sería irreverente decir que lo hispánico llegó a la isla antes que lo africano, aunque así sucedió en realidad”.
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El presente escrito no posee pretensión académica alguna y a su autor solo le mueve el simple interés por el tema en cuestión. Es probable, además, que los aspectos aquí tratados hayan sido planteados por especialistas e investigadores del lenguaje en quién sabe cuántos autorizados ensayos. No obstante, quien escribe, un caribeño-antillano-dominicano, no ha leído esos textos y en consecuencia, escribe como resultado de una reflexión personal sobre aquello que aún no ha examinado.

Aclarado lo que precede, entremos en materia.

En términos generales y con diversas gradaciones y matices según la región, la mutilación de la letra ese en el Caribe hispanohablante parece caracterizarse por: 

     1- la supresión de la letra ‘s’ cuando a ésta le sigue otra consonante. Ejemplos:  sp: esperó (eperó), áspero (ápero), st: poste (pote), esto (eto), visto (vito), sc: oscuro (ocuro), buscó (bucó), sb: esbirro (ebirro), sl: muslo (mulo), sq: esquina (equina), sf: esfera (efera), sm: esmalte (emalte)...

       2-  la supresión de la ‘s’ cuando ésta se encuentra al final de la palabra. Ejemplo: jamás (jamá), manos (mano), compás (compá), mujeres (mujere)…

Lo mismo ocurre con la ‘z’ (en función de ‘s’). Ej.: zc: mezcla (mecla), y al final de la palabra: feliz (felí), veloz (veló), luz (lú)…

Sin embargo no hay problemas con la pronunciación de la ‘s’ cuando a ésta le sigue una vocal. Eje.:  sa: mesa (mesa), casa (casa), sala (sala), so: peso (peso)…  Lo mismo vale para la consonante ‘z’ (en función de ‘s’): maza (masa),  marzo (marso), caza (casa)… 

Hay que destacar que los ejemplos aquí expuestos son más notorios en el habla coloquial cotidiana popular, y se atenúan en las exposiciones discursivas formales y de modo relativo en los medios de comunicación masiva. 

Posible origen de este fenómeno fonético

Pensamos que la supresión de las eses en el Caribe hispanohablante ha ocurrido por influencia  de las lenguas africanas cuya presencia histórica data de la época de la esclavitud africana en esta zona. Si escuchamos algunos de los actuales dialectos hablados hoy  en Africa, podremos notar que el aparato fonológico de sus hablantes les imposibilita pronunciar sonidos de alta frecuencia como aquellos que deben emitirse cuando se encuentra una ‘s’ a la que sigue una consonante: (Sc) oScuro, (Sp) eSpina, (Sl) muSlo, (St) eStufa, (Sf) eSfera; y la ese  colocada al final de las palabras: compáS, manoS
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Así, los esclavos africanas recién traídos al Caribe a partir del siglo XVI al iniciarse la época colonial, evitarían tales incómodos y extraños sonidos mediante el recurso de la supresión de una de las letras (la S) de ese par de consonantes que obliga a producir lo que para ellos sería un impronunciable sonido (Sc, Sp, Sl, St...) así como la 's' final.


Si escuchamos con atención algunas de las lenguas habladas hoy en Africa, nos percatamos de la ausencia de esos sonidos de alta frecuencia que mencionamos. Oigamos una africana actual hablando en su lengua nativa y observemos la carencia de sonidos como los producidos por el par de consonantes mencionado, así como la falta del sonido que produce la 's' al final de una palabra castellana:








Escuchemos otra lengua nativa de Africa:







(Corrección del vídeo: ...Océano Indico, al ESTE)
 
En efecto, para los recién llegados hablantes de esas lenguas africanas, la solución por la que optaron sería simple y efectiva: suprimir la incómoda letra ‘s’ cuando le sigue otra consonante y cuando está al final de la palabra. Así, la adaptación del idioma castellano a su propia posibilidad fonológica de origen se hizo evidente y de esa forma aquellos africanos se gestionaron un castellano parecido al sonido plano y gutural propio de sus lenguas originarias. Así, esa necesaria acomodación resultó en posibles sonidos tales como: bucó eperó mulo pote eto ocuro equina efera vito lu felí veló ecuela epaña…, solucionando así un problema no sólo por la vía de lo más fácil sino por la vía de lo fonéticamente posible.

Presencia de la ‘s’ en ausencia de lo africano

En regiones de Iberoamérica en donde los españoles colonizadores no llevaron esclavos africanos en razón de que no fue necesario por motivos de la abundante cantidad de nativos allí encontrados, como fue el caso de –digamos- vastas regiones de México, no se da el fenómeno de la mutilación de la ‘s’ que aquí tratamos. 

Así, hoy, a muchos mexicanos incluso analfabetos de la zona rural de esa nación les escuchamos pronunciar sin dificultad alguna, expresiones como la siguiente: “nosotros estamos esperando las medidas anunciadas por nuestros congresistas”. Sin embargo, en el Caribe hispanohablante, ya sea Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, la costa caribeña de América Central, de Colombia y demás zonas en donde hubo alguna notable presencia africana, esa misma expresión se escucharía de una manera muy semejante a la siguiente: “nosotro etamo eperando la medida anunciada por nuetro congresita”. 

El origen de la diferencia entre aquellos mexicanos y estos caribeños podría ser fisiológica. Es posible que la naturaleza del aparato fonológico de los hablantes de las lenguas nativas de México facilitara su adaptación a aquel sonido que obliga a emitir la pronunciación del mencionado par de consonantes  en el idioma castellano; no sucediendo así en la fisiología del aparato fonológico de los hablantes de las lenguas africanas recién llegados en aquel tiempo.


 Nota: Indígenas mexicanos hablando su lengua nativa: 
 



Lo que llamamos 'sonidos de alta frecuencia' son aquí evidentes. En el vídeo detectamos palabras con sonidos muy similares a los producidos por las consonantes sc: "retscoya", "scuen", sp: "spikan"...) y como aquel que produce la 's' al final de una palabra. En México, las fuerzas telúricas que gestaron la base de la cultura popular y mayoritaria, provienen de las milenarias etnias indígenas originarias, las que, con los ingredientes de los procesos de aculturación y transculturación, han ido perfilando las formas de lo autóctono. En Santo Domingo, lo autóctono es producto de la combinación de dos culturas (españoles y africanos) llegadas desde el exterior hace apenas quinientos años en donde la fusión étnica fue gestando una base cultural híbrida, cuyo protagonismo parece estar inclinándose a favor del vector cultural de ascendencia africana. Las formas del lenguaje que en este escrito tratamos podrían ser demostración de ello. 


El fenómeno fonético de la supresión o mutilación de la consonante ‘s’  según lo describimos, parece que fue conformándose a partir de los núcleos humanos esclavos provenientes de las costas occidentales del continente africano. Su influencia se expandiría  mediante la masiva presencia de los descendientes de tales núcleos; consolidándose mediante los procesos de mestizaje y luego generalizándose a partir de los respectivos procesos de emancipación e independencia de estas sociedades del Caribe hispanohablante. En la República Dominicana de hoy, se observa que las inserciones  sociales obtenidas mediante las luchas políticas de los últimos cinco decenios se encargaron de consolidar definitivamente la magnitud de la influencia de ese vector cultural de ascendencia africana en el resto de la población.

Es necesario destacar que actualmente el grado de mutilación de la ‘s’ varía de acuerdo a la magnitud numérica de los individuos africanos llegados en el transcurso de la época colonial a estos territorios caribeños. Así, observamos que esa mutilación es mucho más evidente en la ciudad de Cartagena de Indias (Colombia) que en la capital de esa nación, Bogotá, en donde el sonido de la ‘s’ es generalmente bastante claro. Esta variación relativa sería una adicional confirmación a la tesis que sustentamos sobre el origen africano de la mutilación de las eses en la cuenca del mar Caribe. En la caribeña ciudad de Cartagena, la presencia de esclavos africanos fue infinitamente superior a la de Bogotá. Por su parte, en la costa caribeña de Venezuela, se presenta un fenómeno bastante parecido al colombiano, pero  en Caracas  más bien se tiende a sustituir la ‘s’ por un sonido parecido a la ‘j’: “los invito pues” (loj invito puej), “cuando estés acá” (cuando estej acá)… Esta sustitución de la ‘s’ por ‘j’ se observa también en ciertas regiones  de Cuba y Puerto Rico, y en menor escala en República Dominicana.

Pronunciación de las eses, criollidad y machismo

Probablemente en áreas geográficas específicas como la actual República Dominicana, el crecimiento de la histórica influencia africana ha llegado a ser más poderosa que su correlato hispánico. Es posible que ello se deba al intenso proceso de mestizaje ocurrido desde principios de la colonia en ese pueblo antillano. Se trata del pueblo caribeño más mezclado, cuya mezcla se operó en la particular condición (caso único en Iberoamérica) de unos amos en aislamiento y en casi permanente estado de pobreza. Esta condición está documentada en muchas cartas del siglo XVII dirigidas por los obispos al rey y en incontables escritos coloniales que lo reseñan.

Ciertamente la tendencia general del dominicano es la de adscribirse a la cultura Occidental. No obstante, en las últimas cinco décadas, el sustrato de ascendencia africano es el que parece protagonizar la cultura de la nación. Esa dicotomía se hace evidente en sectores minoritarios de individuos blancos provenientes de las clases altas cuyos ancestros no fueron esclavos. Por un lado sus gustos y preferencias son marcadamente los de la cultura occidental pero cuando deben expresarse con énfasis y determinación lo hacen utilizando las formas del habla proveniente del histórico sector africano.

Al menos en el ámbito de la lengua se percibe que el poderoso sector africano es asumido como factor constitutivo de la criollidad, mas no así ocurre respecto a la debilitada influencia hispánica. Actualmente y como resultado de las luchas políticas y el avance de la democracia las élites sociales y económicas han dejado de protagonizar la cultura, pues la presencia del pueblo mayoritario en el escenario social dominicano de las últimas cinco décadas ocupa toda la geografía de la nación, en los medios de comunicación y en el liderazco político, evidenciándose que la cultura de filiación africana es el sustrato influyente y protagónico. Hoy, todo aquel que pretenda sacar a relucir lo hispánico corre el riesgo de ser culturalmente proscrito.

Si quisiéramos conocer cuándo históricamente inició esa tendencia tendríamos tal vez que remitirnos a mediados del siglo XIX cuando empezaría a generalizarse en forma inconsciente y solapada la solidaria piedad con que el religioso humanismo español conformó a la población de esta nación caribeña. Pero también hubo en ese tiempo la necesidad de utilizar a los ex esclavos en función de soldados (de peones-soldados) para las guerras que consolidaron la Independencia.

Si quisiéramos hurgar en un pasado aún más remoto, entonces  es probable que factores tales como la pobreza de los amos en la época colonial, fuera conformando en éstos un sentido de vital dependencia respecto a sus esclavos, y a la vez éstos esclavos desarrollarían un sentido particular de su importancia, con tanta fuerza, que al paso del tiempo su impronta africana iría validándose como el sustrato fundamental a pesar de su posición social subordinada. En lo que al presente escrito concierne, ese enorme poder sumergido iría imponiendo sus formas culturales al resto de la población, no sólo en el lenguaje sino en lo atinente a casi toda la carga simbólica  de lo vernáculo. Hoy, la magnitud de ese poder no permitiría que algún irreverente se atreva a insistir en que lo hispánico llegó a la isla antes que lo africano, aunque así haya ocurrido efectivamente.

En la actual República Dominicana, quien ose hablar “poniendo las eses donde van” puede ser despectivamente sindicado de pretencioso, ampuloso y hasta de poco varonil. Esos cuasi agresivos señalamientos pueden interpretarse como definitiva declaración que sella y oficializa la victoria de unas formas culturales (africanas) sobre otras (hispánicas).

Para poner esto en perspectiva, se nos ocurre indicar que sería perfectamente posible que esas acusaciones y señalamientos sorprenderían a aquellos mexicanos rurales antes mencionados; éstos no atinarían a comprender la relación existente entre una cosa y la otra; es decir, entre la pronunciación de las eses, lo pretencioso, lo ampuloso y el machismo. A su vez, para muchos dominicanos resultaría extraña la incomprensión de esos mexicanos.

Reflexiones finales

Nuestra intención es precisamente la de vincular tales extrañezas mediante la facilitación de espejos externos que nos permitan mirarnos en el otro, y mediante el examen histórico de particularidades como el lenguaje, para así entender por qué somos de determinada forma y por qué actuamos como lo hacemos, y además para concienciarnos de que no se trata de una naturaleza nacional inamovible y eterna sino de que hemos estado adaptándonos a fenómenos dinámicos, los que son pasibles   de revertir a voluntad o mantener a conciencia. Así, el estudio de nuestra identidad  nacional puede entonces empezar a ser abordado, contando con herramientas tales como el simple y cotidiano lenguaje popular.


En el ámbito dominicano seguiremos suprimiendo las eses al hablar, pero luego de mirarnos en esos espejos estaríamos habilitados para mantener o modificar esas formas por propia decisión, dejando de mirarlas como instancias que creíamos inmodificables costumbres de nativos. Así, al menos, sabremos cuál es el origen del temor a “poner las eses donde van” cuando hablamos, y el por qué de otros tantos, tontos y múltiples miedos e inseguridades semejantes. Es cierto que “Somos así y así somos” pero seguiremos siéndolo sólo hasta que decidamos modificar ese modificable destino.


Notas: 

1- Campesinos mexicanos:


  
                  2- Campesina suramericana hablando en su lengua nativa. Obsérvense los sonidos de alta frecuencia en sus   palabras:


      3- Como contraste, escuchemos nuevamente a la mujer africana y al presidente de Zimbabue hablando sus lenguas nativas. Notemos la falta de los sonidos mencionados:

              5-  Breve documental sobre la trata esclavos africanos:


6 - Video relacionado con el tema:
"Los negros y la esclavitud en Santo Domingo", Texto: Carlos Larrazábal Blanco, parte I
7- Lectura relacionada:

¿Existe un dialecto dominicano?



psr / StoDgo RepDom, 23 sept, 2012