domingo, 19 de marzo de 2017

Colección de Muñecas y juguetes antiguos.(Casa Fernández Blanco)

Por Carlos Szwarcer


La Casa Fernández Blanco, ubicada en Hipólito Irigoyen 1420, ciudad de Buenos Aires, alberga las colecciones de artes aplicadas de los siglos XIX y XX: juguetes, indumentaria, platería, mobiliario, pinturas, fotografía, entre otras. Cuenta con un Ciclo de Conciertos, uno de Teatro y una programación anual de cursos y talleres. El edificio fue residencia del fundador del MIFB *, el coleccionista Isaac Fernández Blanco (1862-1928).




Exhibe en cuatro salas permanentes la colección de muñecas antiguas y Juguetes (1870 - 1940) más completa del país.
(Colección de Mabel y María Castellano Fotheringham ).

Horarios de apertura:
martes a viernes de 12 a 18 horas
sábados y domingos de 11 a 17 horas
Bono contribución voluntario: $10.-

Visitas Guiadas al público sin cita previa

sábados y domingos: 14 horas y 15,30 horas

MIFB: Museo Isaac Fernández Blanco

lunes, 30 de enero de 2017

Presagio. Regreso a la oscuridad.

Por Carlos Szwarcer

                           
Un preocupante anuncio de Carl Sagan que a dos décadas del mismo parece que comíenza a hacerse realidad. La historia como un camino de avances y retrocesos.



"La ciencia es más que un cuerpo de conocimiento, es una manera de pensar. Tengo un presagio de la época de mis hijos o mis nietos, cuando Estados Unidos sea una economía de servicios e información; cuando casi todas las principales industrias manufactureras se hayan ido a otros países; cuando los increíbles poderes tecnológicos estén en manos de muy pocos, y nadie que represente el interés público pueda si quiera comprender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o cuestionar sabiamente a los que tienen autoridad; cuando, abrazados a nuestras bolas de cristal y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, con nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es verdad, nos deslicemos de vuelta, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad".

(Carl Sagan 1995)

sábado, 28 de enero de 2017

Escribir

Por Carlos Szwarcer

"Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana".

Graham Greene (1904-1991) Novelista británico.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Pasillo de la vida

Por Carlos Szwarcer

El sentimiento del porteño por su ciudad se revela en esta canción, letra de Francisco Bagalá, música de Marcelo San Juan.

La intensidad y contradiciones de Buenos Aires y sus habitantes queda expuesta sin tapujos en este cálido reflejo de las entrañas de la ciudad, tan bien expresado desde el corazón del que ama su historia, sus rincones.

PASILLO DE LA VIDA

Mescolanza de café, tallarín, clavel
unisex, fainá y averiguación
olor, color, mi circo querido
bulín de calle y cielo
te siento casi mujer en celo
Revoltijo de Gardel, Marylin, Perón
Maradona y Freud y limosna en flor
canción de amor, Piazzolla del aire
Olmedo de la joda, cordón de la soledad... traidora
Loco por tu noche cada noche voy
Corrientes flotando,
pasado de pasión, triste porque sí
bien, pero mal también
porteño al fin, yo busco no sé qué
Veredita de La Paz, luz del San Martín
donde sucedió todo lo que es
mi corazón, ventana del sueño
pasillo de la vida, pensión de la libertad... dormida
Loco por tu noche cada noche voy
Corrientes flotando,
pasado de pasión, triste porque sí
bien, pero mal también
porteño al fin, yo busco no sé qué




Dos links para escuchar la canción.
Versión de Marcelo San Juan   https://www.youtube.com/watch?v=TqDDFgA65wg
Versión de Adriana Varela       https://www.youtube.com/watch?v=J-IqqQsfhFA
Imagen: http://argentina.urbansketchers.org

domingo, 4 de diciembre de 2016

Las achuras, “comida de esclavo” y el aporte Afro a la gastronomía argentina

Las achuras, que representan quizás aquello más característico del asado argentino, son una herencia de la esclavitud. En diálogo con el antropólogo Pablo Cirio, buscamos en la historia los aportes afroargentinos a la comida nacional.

Achuras

Contaba Jorge Luis Borges que allá por la década del ’20, cuando comenzó a frecuentar a los compadritos de Buenos Aires, que un día al regresar a su casa luego de haber comido con ellos, su madre lo increpó: “¿No habrás comido esas porquerías que comen los esclavos?” Se refería a los chinchulines, mollejas y otras partes de la vaca que la sociedad “bien” no consumía y que, a pesar de que la esclavitud quedó abolida definitivamente con la constitución de 1853 (y que Buenos Aires debió aceptar en 1860), seguía estando en aquellos comienzos del siglo XX asociada a los negros argentinos.



En Buenos Aires el primer ingreso de esclavos fue en 1585, aunque el comercio de seres humanos traídos de África en el actual territorio nacional es anterior. Si tomamos 1860 como fecha final, estamos hablando de al menos 275 años de esclavitud en las provincias del Virreinato del Río de la Plata, sin contar que, como los indemnizados fueron los amos esclavistas pero no así los negros que habían sido víctimas, muchos debieron seguir trabajando en una condición de servidumbre que no difirió mucho de la dominación anterior. Esa servidumbre – antes y después de la abolición – tuvo mucho que ver con la cocina. A partir de la década de 1880 empieza la “moda” de las sirvientas francesas, o al menos europeas, pero antes de eso, era muy común que preparar la comida fuera providencia de los negros.

“Los negros acá tuvieron que hacer todas las comidas para el amo, además de cocerle la ropa, plancharle, todo… hasta trabajo sexual, obviamente no consentido, del que viene mucho del mestizaje actual, muy poco reconocido”, explica Pablo Cirio, antropólogo y Director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afrolatinoamericanos de la Universidad de La Plata. Cirio cuenta que, al tener que hacer tantas tareas al mismo tiempo, se popularizó una cocina de en base a guisos y cocciones lentas, ya que esto permitía a los esclavos desarrollar varias actividades al mismo tiempo. En tantos siglos de cocinar guisos y pucheros, puede suponerse que haya habido aportes a las cocciones y condimentaciones hechas por los negros en nuestro territorio, aunque claro, al ser un tema poco estudiado, no existan grandes evidencias de ello. Sí la hay, sin embargo, de que los eran muy hábiles con los dulces, y ya en la época de Rosas había libertos (o sea, hijos de esclavos que debían pagarle una renta a sus amos) que vendían mazamorra y pastelitos para generar ese ingreso.

Volviendo al asado, en épocas en que no había métodos de conservación de las carnes y con abundancia de vacas para comer, los blancos consumían la carne asada, pero no así las achuras, que se tiraban a la basura. “La tripa gorda, los chinchulines, las mollejas…  todo eso es un aporte de la cultura del desperdicio, de los negros que consumían lo que sus amos desperdiciaban, a la culinaria argentina, y que hoy es como el ABC de la argentinidad”, sostiene Cirio.

Esta puede relacionarse también al caso de Antonio Gonzaga.  Autor de “El Cocinero Práctico Argentino” en 1931, Gonzaga fue un negro correntino que se destacó en alta cocina y que trabajó para el Congreso Nacional y diversos hoteles de lujo.  En sus recetarios hay descriptas muchas técnicas para la preparación del asado, y se lo considera responsable por haber difundido en la alta sociedad porteña el consumo de las achuras, el chorizo o las criadillas, por las que fue célebre. También fue famoso su puchero, otra comida relacionada a las cocinas de esclavos durante la época colonial. E incluso Cirio imagina que quizás las salsas que Gonzaga creaba y bautizaba con nombres de fantasía bien podrían ser antiguas salsas africanas, nombradas al gusto de los blancos.

“Hubo una clase alta negra, de gente muy preparada intelectualmente, como Gonzaga, que todavía existe, y que generalmente ascendió socialmente ya en la época de Rosas a costa de desentenderse de su africanía, abrazando los valores eurocentrados, entre ellos la comida, obviamente.  Eso lo obligaba a vestirse de determinada manera, a no ir a los candombes, a no reproducir nada que no sea de desagrado del blanco, como las lenguas africanas o la religión… muchos empezaron a estudiar abogacía, medicina, y artes plásticas europeas, viajar a Europa para perfeccionarse… y en este caso, bueno, las cocinas”, asevera Cirio. De hecho Gonzaga se describía en los libros como “criollo”, que quiere decir “hijo del país”, pero no como negro.

Sin embargo, y más allá de estos aportes, no puede hablarse propiamente de una cocina afroargentina (ya que, entre esclavitud y pobreza, su cocina se basó más en rescatar desperdicios y comer lo que se pudiera), y ni siquiera ser muy específicos sobre el aporte de esa comunidad a la gastronomía nacional. Junto con la invisibilización de la comunidad afrodescendiente de la argentina (a partir de 1887 se dejó de contar a la población negra en los censos, y se empezó a utilizar el término ambiguo “trigueño”) vino también una falta de estudio sobre sus aportes, en general reducidos a estereotipos coloniales, sin considerar su presencia continua y actual, muchas veces identificada con la pobreza, a la que quedaron relegados quienes mantuvieron su identidad afro, en general puertas adentro, para evitar la discriminación.

Incluso en muchos casos el “blanqueamiento” cultural ha llevado a que muchos afrodescendientes no se perciban como tales. Eso complica, según Cirio, saber cuál es la cantidad actual descendientes de negros que hay en el país. Algunas estimaciones han dicho que son unas 2 millones de personas, o el 4% de la población. Según el censo de 2010 habría 149.493 afrodescendientes en el país, el 0,37% de la población, pero de acuerdo a Cirio, está mal medido: “Porque en primer lugar depende de quién se auto percibe como afrodescendiente, lo que requiere un trabajo de autopercepción previo. Son culturas lastimadas históricamente, como en una época podía ser reconocerse gay”.

Esteban Lleonart
http://comunicacionpopular.com.ar/las-achuras-comida-de-esclavo-y-el-aporte-afro-a-la-gastronomia-argentina/

jueves, 6 de octubre de 2016

DÍA DEL CIRCO

Por Carlos Szwarcer

En la Argentina, el 6 de octubre se celebra el Día del Circo en homenaje a Pepe Podestá, que nació ese día de 1858 en Montevideo y que desarrolló aquí una labor pionera, generó las bases del circo criollo e inventó al genial personaje “Pepino el 88″, un payaso que fue modelo del cómico rioplatense. Falleció el 5 de marzo de 1937 en La Plata(Pcia de Buenos Aires)

Pepe Podestá
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Un recuerdo para otros grandes del género, como Pepe Biondi, José "Pepitito" Marrone, Carlitos Balá, Carlitos Scazziota, Firulete (Gerarado Samaniego), acompañado por Santiaguito, y tantos otros...


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Algo de historia: "En Buenos Aires el primer teatro estable fue el de La Ranchería, que funcionó en la actual calle Perú entre Moreno y Alsina, desde 1783 hasta su incendio en 1792. Pasaría todavía un largo siglo para que apareciera el teatro gauchesco, con la obra Juan Moreira, sobre textos de Eduardo Gutiérrez, interpretada, como pantomima, por la Cía. Podestá en 1884, en el picadero circense de los hermanos Carlo y el 10 de abril de 1886, en su versión hablada, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. El teatro nacional daba sus primeros pasos en el Circo Criollo
En tanto el circo, presente desde antaño en el Río de la Plata, había comenzado una lenta renovación hacia mediados del siglo XIX, experimentaría cambios significativos y acordes con los tiempos sociales y culturales que se vivirían. Sus símbolos, en el último cuarto del siglo, fueron tres extraordinarios payasos: el genovés Pablo Raffetto, experto en lucha grecorromana; el inglés Frank Brown, Rey de los Clowns; y José Pepe Podestá, creador del famoso payaso Pepino el 88, el más prestigioso de un clan familiar. 
Los empresarios circenses como Raffetto, los Podestá o los hermanos Carlo, alrededor de los años 90, comenzaron a incorporar payadores y obras dramáticas, ofreciendo un espectáculo amplio y variado que iba de la risa al llanto, de la música a la crítica social. Fueron estas notas distintivas las que le dieron al circo, no sólo una misión de diversión o pasatiempo, sino de trascendencia en la formación del acervo nacional, reconociéndosele características de “mediador” entre los diferentes espacios culturales e “integrador social”. 


(Fragmento de "Prehistoria del Teatro Maipo", Carlos Szwarcer  en "Todo es Historia" Nº 436. Noviembre de 2003, Buenos Aires. Argentina).